Los seres humanos hemos perdido en alguna parte de nuestra historia la autenticidad y en consecuencia la posibilidad de ser íntegramente felices.

Muchas veces tenemos una vida que no queremos, por complacer a otros, nos disfrazamos con mil caras, hasta que olvidamos la nuestra, dejando olvidados nuestros ideales y sueños, traicionando nuestros principios y valores más profundos.

La libertad esencial renacerá cuando sigamos incondicionalmente los dictados de nuestro corazón, de nuestra intuición.

Cuando consideremos a nuestros semejantes como hermanos, respetándolos y amándolos.

Cuando decidamos vivir plenamente, en paz y en armonía con la naturaleza. Cuando aceptemos que nuestra espiritualidad se debe vivir en todo momento y en todo lugar, sin excepciones. Cuando prive el bien común antes que el nuestro. Cuando estemos dispuestos a dar sin esperar recibir. Cuando empecemos a crecer y trascender.

Eso es lo que me ha pasado, que me olvidé de vivir en armonía por desear que todo el mundo de mi alrededor estuviera contento, aunque tuviera que hacer mil caras. Sí, un poco hipócrita. Pero creía que merecía la pena.

Ahora que he decidido cambiar de actitud ante mi vida, que estoy intentando recuperar mi esencia de lo que yo era, me doy cuenta que me he quedado medio vacía por hacer felices a otros, por convencerme a mí misma, que los demás eran más importantes que yo.

Sin embargo en esa lucha de querer encontrar mi esencia, me estoy dejando las fuerzas, las lágrimas, la vida.

Ahora me encuentro sola,  conmigo misma, no tengo a nadie que torture mi alma con ideales de otros, por eso lucho.

Y cuando lo consiga, lo sabréis. Â